The Lancet Countdown alerta de que los riesgos para la salud se han agravado en la última década y reclama que el calentamiento global sea reconocido como una emergencia sanitaria mundial.
El cambio climático ha sido el responsable de casi tres millones de muertes por calor entre los años 2016 y 2023, según se desprende del informe de 2026 de The Lancet Countdown sobre Salud y Cambio Climático, en el cual se advierte de que la mortalidad, las pérdidas de productividad y los efectos de los fenómenos meteorológicos extremos siguen creciendo pese a los avances en la transición energética y la preparación de los sistemas sanitarios.
El documento, liderado por el University College London (UCL) en colaboración con la Organización Mundial de la Salud (OMS), reúne el trabajo de 146 investigadores de más de 100 instituciones en más de 30 países y analiza 54 indicadores sobre la relación entre el clima y la salud. Sus conclusiones muestran que muchos de los riesgos sanitarios se agravaron durante la década posterior a la entrada en vigor del Acuerdo de París, entre 2016 y 2025, en comparación con el periodo 2006-2015, una evolución que lleva a sus autores a reclamar que el cambio climático se reconozca formalmente como una emergencia sanitaria mundial.
El calor aumenta la mortalidad y reduce la capacidad para trabajar
En concreto, tal y como se plasma en el trabajo, entre los años 2016 y 2023 el calor se asoció con una media estimada de 540.800 fallecimientos anuales en todo el mundo, de los que el 68%, unos 369.900 al año, se atribuyeron al cambio climático provocado por el ser humano. El impacto alcanzó su máximo en 2023, el año más caluroso de ese periodo, cuando se estimaron 710.000 muertes relacionadas con el calor, el 71,5% de ellas atribuibles al cambio climático. Más allá de la mortalidad, las temperaturas extremas también comprometen la salud laboral y la capacidad para desarrollar actividades físicas, especialmente en empleos que requieren trabajar al aire libre.
El informe calcula que la pérdida de productividad asociada al calor supuso en 2025 unos 1,07 billones de dólares en ingresos potenciales a escala mundial, equivalentes al 0,91% de la producción económica global. La agricultura y la construcción concentraron el 38% y el 29% de esas pérdidas, respectivamente, debido a la exposición directa de sus trabajadores a las altas temperaturas y a las limitaciones que estas imponen al esfuerzo físico. El impacto fue especialmente elevado en el sudeste asiático y África, donde las pérdidas potenciales equivalieron al 3,9% y al 3,2% del producto interior bruto, respectivamente.
Las sequías y las lluvias extremas amenazan el agua y la alimentación
El calor no es el único factor que preocupa a los investigadores. La extensión de las sequías y el aumento de las precipitaciones extremas están alterando la disponibilidad de agua, con consecuencias para la producción agrícola, el suministro de alimentos y las condiciones de saneamiento, además de incrementar el riesgo de inundaciones, deslizamientos de tierra y enfermedades transmitidas por el agua.
En 2025 el 51,8% de la superficie terrestre mundial sufrió al menos un mes de sequía extrema, el segundo peor registro de la serie analizada, solo por detrás de 2023. Desde 2016, la superficie afectada por este fenómeno ha aumentado a un ritmo más de siete veces superior al de la década anterior. Al mismo tiempo, un análisis del almacenamiento de agua realizado desde 2003 muestra que el 43% de la superficie terrestre ha experimentado una disminución a largo plazo de sus reservas, mientras que otro 37% ha registrado un aumento, una combinación de cambios que refleja la creciente irregularidad del ciclo del agua.
Las precipitaciones extremas también se han extendido: entre 2016 y 2025 afectaron cada año a una media del 17,2% de la superficie terrestre mundial, frente al 14,8% registrado entre 2006 y 2015. Para la salud pública, estos cambios suponen un desafío que va más allá de las consecuencias inmediatas de los fenómenos meteorológicos, ya que pueden comprometer el acceso al agua potable, favorecer la propagación de determinadas enfermedades y dificultar el abastecimiento de alimentos.
Las energías limpias aportan beneficios para la salud, pero no bastan
El informe reconoce que la transición energética está generando mejoras sanitarias, aunque considera que su alcance todavía es insuficiente para compensar los efectos del calentamiento global. La inversión mundial en energías limpias creció un 7,2% en 2025, hasta alcanzar los 2,1 billones de dólares, una cifra un 82% superior a la destinada a combustibles fósiles, mientras que la proporción de electricidad generada mediante fuentes renovables pasó del 5,5% en 2016 al 13,5% en 2023.
Uno de los beneficios más claros se observa en la calidad del aire. Según las estimaciones del documento, la reducción de la contaminación atmosférica procedente de combustibles fósiles desde 2016 ha evitado alrededor de 323.000 muertes anuales en al menos 77 países. Sin embargo, estos avances conviven con una elevada dependencia energética de los combustibles fósiles, que todavía proporcionan más del 80% de la energía mundial, y con unas emisiones que alcanzaron un máximo histórico en 2024.
Los autores también advierten de la distancia entre los objetivos climáticos y los planes de producción de las grandes compañías de petróleo y gas. Las 100 mayores empresas del sector prevén producir en 2040 un volumen de combustibles fósiles un 150% superior al compatible con limitar el calentamiento global a 1,5 grados, lo que, a juicio de los investigadores, dificulta avanzar al ritmo necesario para reducir los riesgos sanitarios.
Los sistemas sanitarios necesitan más recursos para adaptarse
La preparación de los servicios de salud ha mejorado durante la última década, aunque la cobertura sigue siendo limitada. En la actualidad, 56 de los 194 Estados miembros de la OMS cuentan con un plan nacional para adaptar sus sistemas sanitarios al cambio climático, frente a los 14 que disponían de uno en 2015, y otros 47 han completado evaluaciones de vulnerabilidad para identificar los riesgos y orientar sus actuaciones.
También se han extendido los sistemas de vigilancia y alerta temprana que incorporan información climática, herramientas que permiten anticipar episodios peligrosos y activar medidas de protección. El informe señala que estos sistemas están contribuyendo a frenar el aumento de las muertes por fenómenos meteorológicos extremos en los lugares donde se han implantado, aunque su disponibilidad y capacidad de respuesta varían entre países.
La financiación continúa siendo uno de los principales obstáculos para extender estas medidas. Los países en desarrollo que han calculado sus necesidades de adaptación sanitaria estiman que requieren al menos 3.300 millones de dólares anuales, pero en 2024 solo se comprometieron unos 1.100 millones, aproximadamente un tercio de esa cantidad. A esta brecha se suma la desigual distribución de los recursos para investigación: aunque la financiación mundial destinada a estudiar la relación entre clima y salud aumentó un 655% entre 2016 y 2024, hasta los 316 millones de dólares, el 84% se dirigió a investigadores de países de renta alta, lo que limita la generación de evidencia en regiones especialmente expuestas.
Ante el aumento de los daños y la insuficiencia de la respuesta internacional, los autores del informe reclaman que el cambio climático sea reconocido formalmente como una emergencia sanitaria mundial y que la OMS impulse un instrumento que permita coordinar las actuaciones entre países. También defienden una reducción urgente y equitativa de las emisiones, una mayor inversión en investigación y una financiación sostenida para que los sistemas sanitarios puedan adaptarse sin aumentar la carga de deuda de los países más vulnerables.
La iniciativa plantea, además, que la salud tenga un papel central en las decisiones sobre energía, transporte, objetivos de emisiones y financiación climática, de manera que las políticas puedan evaluarse tanto por su contribución a frenar el calentamiento global como por sus efectos sobre la mortalidad y la enfermedad.
Para los investigadores, la última década demuestra que las medidas climáticas pueden salvar vidas, como ya ocurre con la mejora de la calidad del aire y los sistemas de alerta temprana, pero también que los avances siguen por detrás del ritmo al que aumentan los riesgos. El informe sitúa así la protección de la salud como uno de los argumentos centrales para acelerar la acción climática y reforzar la cooperación internacional.







