El impacto emocional de una catástrofe ferroviaria, como la ocurrida en Urda (Toledo) o en enero en Adamuz (Córdoba) no termina cuando los heridos reciben el alta, sino que las secuelas psicológicas pueden afectar durante meses
España ha vuelto a vivir una tragedia histórica tras el choque de dos trenes de alta velocidad en Urda (Toledo) y que se ha saldado con decenas de víctimas mortales. Un accidente ferroviario que recuerda al ocurrido en enero en Adamuz (Córdoba) cuando un tren descarriló y provocó la muerte de 46 personas.
Accidentes que, más allá de las secuelas físicas, provocan importantes efectos psicológicos a los supervivientes, familiares y equipos de emergencias que requieren ser atendidos a la mayor brevedad posible para evitar que se agraven. Y es que, algunas personas experimentan miedo intenso, nerviosismo o dificultades para asimilar lo sucedido, mientras que otras pueden permanecer aparentemente tranquilas durante las primeras horas y notar el impacto emocional cuando regresan a casa y recuperan parte de su rutina.
Entre las consecuencias que pueden aparecer se encuentra el trastorno de estrés postraumático (TEPT) caracterizado por recuerdos intrusivos, pesadillas, evitación de situaciones relacionadas con el suceso y una respuesta de alerta persistente que puede dificultar el descanso, las relaciones personales y la reincorporación a las actividades habituales. De hecho, volver a viajar en tren puede convertirse temporalmente en una fuente de ansiedad, especialmente si durante el accidente se sintió que no se podía escapar del peligro.
Durante los primeros días después de un accidente grave, el miedo, el nerviosismo o las dificultades para dormir pueden formar parte de la reacción inicial al trauma. No obstante, conviene consultar con profesionales sanitarios cuando el malestar resulte muy intenso, no mejore con el tiempo o dificulte de forma significativa actividades cotidianas como dormir, trabajar, estudiar o relacionarse con otras personas.
La atención puede comenzar en Atención Primaria o a través de los dispositivos de salud mental que habiliten las administraciones responsables, mientras que las situaciones de crisis intensa o de riesgo inmediato requieren recurrir a los servicios de urgencias.
El alcance real de las secuelas psicológicas del accidente de Toledo todavía tendrá que determinarse, por lo que no es posible establecer en este momento cuántas personas necesitarán seguimiento ni cuántas desarrollarán problemas persistentes. Sin embargo, el precedente de Adamuz recuerda que la recuperación no termina necesariamente cuando se retiran los equipos de rescate o los pacientes abandonan el hospital, sino que puede requerir una atención continuada para ayudar a las personas afectadas a recuperar su vida cotidiana.







